Mientras Chile bailaba cueca, El Mercurio y su filial de Valparaíso le fueron diciendo al gobierno de Kast, editorial tras editorial, que la obra no va como se esperaba. Aprender a leer esa secuencia es aprender a distinguir una crítica de la oposición de un reclamo de la propia casa: uno cuestiona las ideas y el otro cuestiona cómo se están gobernando.
El 11 de septiembre se marchó por las calles y el 18 llegó con sus cuecas, sus banderas, sus empanadas y sus copas. El país se entregó, como cada año, al rito de la fiesta patria. Pero mientras el pueblo bailaba, en otro lugar ocurría algo menos festivo: la relación entre La Moneda y uno de los centros históricos de poder de la derecha empezaba a mostrar grietas cada vez más visibles.
Partamos por una fecha que todavía pesa. El 11 de septiembre tiene demasiados muertos para ser solo una página de historia, y por eso este año hubo algo políticamente significativo: por primera vez en 53 años no hubo acto conmemorativo oficial en La Moneda. El propio El Mercurio, a través de Joaquín García-Huidobro, leyó la decisión como una señal de que la fecha podría pasar de la agenda cotidiana al terreno de la historia. No voy a discutir aquí sí estuvo bien o mal. Lo que interesa es lo que viene después: un país que entra en septiembre y vuelve a hacer lo que hace cada año, bailar para olvidar por unos días que bajo la fiesta siguen las heridas, las desigualdades y las disputas por el poder.
Y entonces conviene mirar las alturas. Porque mientras abajo se levantaban las fondas, arriba, en las páginas de El Mercurio, algo estaba cambiando a lo menos sucediendo.
Para entenderlo hay que saber qué es un editorial. No es la opinión de un columnista ni el arrebato de un periodista: es la voz institucional del diario, la que expresa cómo lee la realidad quien lo dirige y quien lo posee. Por eso se lee distinto. Cuando un diario así cambia de tono, no está dando un dato suelto; está mostrando cuál es su posición y cómo se va moviendo, en la política o en la economía, incluso en los cambios culturales.
El 12 de marzo, recién asumido José Antonio Kast, el editorial no recibió al gobierno como enemigo. Al contrario: habló de “rectificar el rumbo”, celebró la continuidad democrática del cambio de mando y puso como prioridades la seguridad, la autoridad y la reactivación económica.Pero dejó una advertencia: las transformaciones profundas solo tendrían éxito si se hacían con inteligencia, prolijidad y prudencia. Era una bienvenida acompañada de un manual de instrucciones.
El problema empezó cuando el gobierno comenzó a hacer política a su manera. El 21 de junio, el diario ya hablaba de falta de coordinación en el Estado. El 2 de agosto, en “Errores de diseño”, advertía que las diferencias dentro del oficialismo podían comprometer la gestión, y apuntaba al déficit comunicacional. El 15 de agosto, en “Tensiones en el gabinete”, ya no hablaba de diferencias normales entre autoridades, sino de un diseño político incapaz de procesarlas, y cuestionaba que el ministro del Interior fuera a la vez jefe político y vocero.
Fíjese en el orden: primero la descoordinación, luego el diseño, luego el gabinete. No es una crítica que aparece de golpe, es una que va subiendo de temperatura. Y hubo un momento que no conviene pasar por alto: el 18 de agosto, en una actividad realizada en las dependencias del propio diario, Kast salió a responder a las columnas que calificaban a su gobierno de “iliberal”, habló de “mitos” y defendió su respeto a la libertad de prensa. La tensión ya no era una interpretación de los analistas; había llegado al discurso del presidente.
Después vino septiembre. El 13, “Meses decisivos” fue mucho más severo: popularidad a la baja, difícil instalación, desorden en el mensaje y la exigencia de que fuera el propio presidente quien hiciera los ajustes. Pero atención a un detalle que es la clave para leer todo esto: el mismo editorial reconocía que las prioridades de la ciudadanía seguían coincidiendo con las promesas de campaña de Kast. Es decir, El Mercurio no abandonaba las ideas del gobierno. Cuestionaba la manera de gobernarlas. Esa es la diferencia entre un adversario y un aliado exigente.
Y entonces llegamos a Valparaíso. El 15 de septiembre, dos días después, El Mercurio de Valparaíso publicó un editorial cuyo título suena casi a acusación: “El desprecio viene desde La Moneda”. Recuerda al Kast candidato, el que recorría los diarios regionales buscando entrevistas, y dice que ese Kast desapareció. Acusa al equipo comunicacional de privilegiar a los medios santiaguinos y dejar de lado a los regionales, y remata con dos frases que vale la pena guardar: que el verdadero desorden es el desprecio deliberado por el mensaje territorial, y que el candidato lo entendía, pero su gobierno ya no.
Ahí hay una palabra que importa: desprecio. No dice equivocación, no dice descuido, no dice falta de recursos. Dice desprecio. Y lo dice el diario más antiguo de Chile, parte del mismo conglomerado que El Mercurio de Santiago y Emol.
Seamos rigurosos, porque leer bien también es saber qué no se está diciendo. El Mercurio de Valparaíso no ha dejado de ser un medio de derecha. Y no existe evidencia pública de que los propietarios hayan ordenado una ruptura con Kast. Lo que sí tenemos es otra cosa: un espacio que durante décadas elaboró, difundió y disputó las ideas de la derecha le está diciendo públicamente al gobierno que no funciona como se esperaba. Quizás esperaba algo simple: que, ganada la elección, la derecha gobernara con seguridad, crecimiento, disciplina fiscal, coordinación política y una conducción comunicacional coherente. Y eso no está ocurriendo al ritmo esperado.
Aquí conviene no confundirse. Esta fractura no es entre derecha e izquierda. La pelea está dentro de la derecha: la empresarial e institucional, la tradicional, la conservadora republicana, la libertaria, todas conviviendo en un mismo gobierno sin que ninguna logre imponer del todo su agenda. El 19 de septiembre, Francisco José Covarrubias lo puso casi en un dibujo en su columna “¿Vocero o coalición?”: el problema no se resuelve nombrando un vocero, sino reuniendo a la vieja centroderecha, la derecha conservadora y grupos de raíz concertacionista. No falta solo comunicación. Falta resolver quién conduce políticamente a la derecha que hoy gobierna.
Póngalo en fila y mire la secuencia: el 2 de agosto, “Errores de diseño”. El 15, “Tensiones en el gabinete”. El 18, Kast responde a las columnas sobre un gobierno “iliberal”. El 13 de septiembre, “Meses decisivos”. El 15, “El desprecio viene desde La Moneda”. El 19, “¿Vocero o coalición?”. Una crítica aislada se puede desestimar; una secuencia, no. Y la pieza de Valparaíso tiene un valor especial porque toca un nervio propio: la relación del poder central con las regiones, y con los medios regionales del mismo conglomerado.
Una cosa es ayudar a construir una mayoría electoral y otra muy distinta es lograr que esa mayoría gobierne según la orientación que uno esperaba. Puede que el problema de El Mercurio no sea que Kast sea demasiado de derecha, sino exactamente lo contrario: que la derecha llegó al gobierno, pero el gobierno no está siendo conducido según la derecha que por décadas tuvo la mayor capacidad de definir el libreto. Y cuando quien ayudó a escribir el libreto empieza a publicar que el actor no sigue la obra, conviene prestar atención.
Quizás todavía no estemos ante una ruptura. Pero sí podemos estar ante el comienzo de una pérdida de influencia. Y si se confirma, el editorial del 15 de septiembre podría recordarse no por lo que dijo de los periodistas regionales, sino por lo que dejó escapar entre líneas: que entre La Moneda y una parte histórica del poder que ayudó a construir la derecha chilena, algo se está quebrando.
Está bien bailar cueca. También está bien beber vino, comer empanadas y celebrar que estamos vivos; el pueblo tiene derecho a su fiesta. Pero sería bueno no confundir la fiesta con la realidad. Porque mientras las fondas apagan las luces y el último borracho busca dónde dormir, el poder sigue cocinándose en otra parte. Y esta vez, la cocina está dentro de la propia derecha.
Y mientras tanto, hermanas y hermanos, compañeras y compañeros, el pueblo baila.
Jorge Bustos
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