"La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el espíritu de unas condiciones sociales carentes de espíritu. Es el opio del pueblo."
La frase es de Karl Marx y suele ser citada de manera incompleta. Durante décadas se la utilizó para presentar a Marx como un enemigo de la religión, cuando en realidad estaba describiendo una realidad mucho más profunda. Marx comprendía que las personas necesitan consuelo cuando viven en un mundo atravesado por el sufrimiento, la injusticia y la incertidumbre. La religión no era el problema principal. Era, para millones de seres humanos, una forma de soportar una realidad que parecía imposible de cambiar.
Dos siglos después, la religión ya no ocupa en solitario ese papel. Vivimos rodeados de nuevas formas de evasión. El entretenimiento, las redes sociales, las plataformas digitales y los grandes espectáculos deportivos cumplen, muchas veces, una función similar: ofrecer momentos de alivio frente a un mundo cada vez más complejo y angustiante.
No es casualidad que el fútbol despierte sus mayores pasiones precisamente en sociedades marcadas por profundas desigualdades. En gran parte de América Latina, África y otras regiones que conocieron el colonialismo, la dependencia económica o una fuerte concentración de la riqueza, el fútbol ha sido mucho más que un deporte. Ha sido identidad, pertenencia y una de las pocas experiencias colectivas de victoria para sectores que rara vez participan de los beneficios del crecimiento económico. Cuando la justicia social parece distante, el triunfo deportivo adquiere una dimensión emocional que trasciende largamente el resultado de un partido
Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información. Desde un teléfono móvil es posible conocer, en tiempo real, lo que ocurre en Gaza, Ucrania, Sudán, Iran o cualquier otro territorio golpeado por la guerra. Podemos ver las consecuencias de los bombardeos, escuchar los testimonios de las víctimas y acceder a investigaciones sobre el comercio de armas, los intereses geopolíticos y las responsabilidades de los distintos actores involucrados. Sin embargo, disponer de información no garantiza que decidamos prestarle atención.
Mientras millones de personas discuten una alineación, una jugada polémica o el resultado de un partido, miles de familias enfrentan tragedias que rara vez alcanzan el mismo nivel de interés público. No se trata de una cuestión moral. Nadie se sienta frente a un partido con la intención de ignorar el sufrimiento ajeno. Lo que ocurre es algo más simple y, quizás por eso mismo, más preocupante: los seres humanos tendemos a concentrar nuestra atención en aquello que nos produce satisfacción inmediata y a alejarnos de aquello que nos provoca dolor o impotencia.
Esa tendencia no es nueva. Lo novedoso es la magnitud de las industrias que hoy compiten por nuestra atención. La economía contemporánea ha convertido la atención humana en uno de sus recursos más valiosos. Cada minuto dedicado al entretenimiento es un minuto que no dedicamos a comprender fenómenos políticos, económicos o sociales que afectan la vida de millones de personas.
Por eso el problema no es el fútbol. Tampoco son las películas, las series o las redes sociales. El problema aparece cuando la evasión deja de ser un descanso y se transforma en una forma permanente de indiferencia. Cuando el espectáculo ocupa todo el espacio disponible y la realidad queda relegada a un segundo plano.
Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de disfrutar de los momentos de alegría sin perder la conciencia de lo que ocurre más allá de la pantalla. No se trata de renunciar al entretenimiento ni de convertir la preocupación por los problemas del mundo en una obligación moral permanente. Se trata, simplemente, de no olvidar que mientras celebramos nuestros triunfos cotidianos, otros seres humanos enfrentan tragedias que también merecen nuestra atención.
Quizás la pregunta relevante no sea por qué existen nuevos opios, sino por qué necesitamos recurrir a ellos con tanta frecuencia. Porque cuando una sociedad requiere cada vez más distracciones para soportar la realidad, el problema no está en el entretenimiento. El problema está en el mundo que intentamos olvidar.
Jorge Bustos
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