Hay que tener un estómago de acero para leer los titulares de estos días. Los medios de comunicación y las autoridades regionales celebran la aprobación de más de 4.191 millones de pesos para mantener hasta diciembre los puestos de trabajo de 1.199 mujeres de la Región de Valparaíso. Leyendo los comunicados oficiales, cualquiera pensaría que estamos inaugurando una gran industria. Pero basta mirar un poco más allá de la fotografía para descubrir que lo que realmente se celebra es la continuidad de un programa de empleo de emergencia que lleva años prorrogándose.
Qué orgullo, ¿verdad? Casi dan ganas de salir a la calle a festejar que más de mil mujeres, muchas de ellas jefas de hogar, conservarán por algunos meses un trabajo de media jornada que apenas alcanza para sostener a sus familias. Parece que en Valparaíso ya no aspiramos a crear empleos dignos y estables; ahora brindamos porque la pobreza consiguió financiamiento hasta diciembre.
Esa alegría merece una bofetada de realidad. Lo que se presenta como un éxito de gestión es, en verdad, la confesión de un fracaso estructural. Un programa de emergencia debería ser temporal. Cuando debe renovarse todos los años durante décadas, deja de ser una solución y se convierte en un modelo. Ya no se administra el desarrollo; se administra la pobreza.
Y para que ese modelo funcione, cada actor cumple su papel. Las autoridades anuncian los recursos y se toman la fotografía. Los medios reproducen el relato oficial sin formular la pregunta incómoda: ¿por qué una región que mueve miles de millones de dólares gracias a su actividad portuaria necesita programas de subempleo para que miles de mujeres puedan sobrevivir?
Después aparece la burocracia pública, que administra convenios e informes para justificar la continuidad del programa. Luego vienen las corporaciones y fundaciones ejecutoras, que reciben recursos para administrarlo y cuya existencia depende de que el mecanismo continúe funcionando. Mientras exista pobreza administrada, seguirá existiendo una estructura dedicada a gestionarla.
El circuito no termina ahí. Como ocurre con cualquier empleo formal, una parte de las remuneraciones se destina a las cotizaciones previsionales establecidas por la ley. Es decir, antes de llegar completamente al bolsillo de las trabajadoras, parte de los recursos públicos ya recorrió otros destinos. Casi nadie explica ese recorrido cuando llega la hora de celebrar.
Pero hay una contradicción aún mayor. Durante años hemos escuchado discursos sobre igualdad de género y autonomía económica. Sin embargo, cuando llega el momento de diseñar políticas públicas, el Estado termina reservando para las mujeres más pobres los empleos más precarios, temporales y peor remunerados. A unas se les promete liderazgo; a otras apenas se les garantiza sobrevivir unos meses más. La precariedad terminó teniendo rostro de mujer.
No se trata de criticar a las mujeres de Proempleo. Ellas necesitan trabajar y merecen mucho más que un empleo temporal. Lo verdaderamente escandaloso es que, después de tantos años, la única respuesta que el Estado siga ofreciendo sea renovar indefinidamente un programa de emergencia.
Por eso, cuando vuelvan a aparecer los titulares celebrando la continuidad de Proempleo, no se queden con la fotografía oficial. Pregúntense quién arriesga realmente. Las trabajadoras vuelven a diciembre sin saber si tendrán empleo el próximo año. En cambio, las AFP seguirán recibiendo las cotizaciones que la ley les asigna mientras exista el programa, las corporaciones y fundaciones ejecutoras seguirán percibiendo recursos para administrarlo, la burocracia conservará su estructura y la política volverá a sacarse la foto del éxito. La única que seguirá viviendo en la incertidumbre será la mujer que barre las calles, limpia las plazas o mantiene los espacios públicos. Esa es la verdadera obscenidad de este modelo: el Estado termina financiando a todos los que viven alrededor de la pobreza, mientras la única que debería salir de ella sigue esperando la próxima renovación. Esa no es la derrota de una mujer. Es la derrota moral de un país.
Jorge Bustos
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