La desinformación no se fabrica solamente en las redes sociales. Se fabrica cuando el poder concentra los medios, cuando desaparecen las voces pluralistas, cuando los algoritmos premian el miedo y cuando una ciudadanía cansada, termina haciendo gratuitamente el trabajo de quienes quieren manipularla: creer, repetir y compartir. Por eso la tarea que tenemos por delante no es solamente informar. Es formar ciudadanos capaces de investigar, verificar y fiscalizar. Desde ahora, leer no bastará. Habrá que hacer.
Cada vez que aparece un personaje como Fernando Cerimedo, tenemos la tentación de convertirlo en el monstruo de la historia. Tiene nombre, rostro, antecedentes y, si las investigaciones terminan acreditando responsabilidades, tendrá que responder ante la justicia. Pero existe una trampa en quedarnos solamente con el personaje: podemos terminar creyendo que eliminado el operador desaparece la operación. Y no es así. Un hombre puede caer mañana y la fábrica puede seguir funcionando pasado mañana.
Porque el problema verdadero es mucho más grande que un consultor, una granja de bots o un ejército de cuentas falsas. El problema es el ecosistema que permite que una mentira encuentre millones de receptores, que una exageración se convierta en noticia, que una noticia sea amplificada por televisión y que finalmente llegue a la conversación cotidiana como si fuera una verdad que "todo el mundo sabe".
Aquí debemos aprender a mirar de otra manera. La desinformación moderna tiene capas. Alguien produce el contenido, alguien lo distribuye, alguien lo amplifica, alguien lo recoge, alguien lo comenta y finalmente alguien lo convierte en sentido común. No siempre existe una reunión secreta donde todos se ponen de acuerdo. Muchas veces ni siquiera es necesario. Basta con que distintos intereses encuentren rentable la misma emoción: miedo, rabia, indignación, inseguridad, resentimiento.
Y aquí aparece una pregunta que casi nunca hacemos: ¿quién controla la infraestructura por donde circula la información? En América Latina, y probablemente en muchas otras partes del mundo, no podemos hablar de desinformación ignorando la concentración de los medios tradicionales. Radios, diarios, canales de televisión y grandes portales tienen una capacidad de instalar agenda que ningún ciudadano individual posee. Y cuando las voces pluralistas desaparecen o se debilitan, la sociedad pierde algo mucho más importante que una determinada línea editorial: pierde diversidad para interpretar la realidad.
El caso chileno merece ser observado con especial atención. No basta con decir que determinados medios son de derecha o de izquierda. Eso sería demasiado sencillo. Lo que debemos investigar es quiénes son sus propietarios, qué grupos económicos participan, qué audiencias concentran, qué publicidad reciben, qué papel cumple el avisaje estatal y cómo se distribuyen los recursos públicos destinados a comunicación. Si vamos a denunciar una asimetría, hagámoslo con documentos y cifras, no con consignas.
Porque una cosa es afirmar que el Estado financia medios "contrarios a la democracia" y otra, mucho más seria, es demostrar con antecedentes cómo se distribuye el dinero público entre los medios, quiénes resultan beneficiados y qué concentración produce ese sistema. La segunda afirmación puede investigarse. Y si queremos ser ciudadanos fiscalizadores, tenemos que preferir siempre el documento a la sospecha. Hay algo todavía más interesante. El poder de los grandes medios y el de las redes sociales pueden terminar reforzándose mutuamente sin que necesariamente exista una coordinación explícita. Un video aparece en redes, un portal lo recoge, un matinal lo comenta durante una hora, las redes sociales reproducen los fragmentos del programa y, unas horas después, aquello que comenzó como una publicación cualquiera aparece convertido en "tema nacional".
¿Se dan cuenta de lo que acaba de ocurrir? La red social produjo atención. El medio produjo legitimidad. La televisión produjo masividad. Y el ciudadano terminó haciendo gratuitamente la última parte del trabajo: compartirlo.
No necesitamos una conspiración para que esto funcione. Basta con que todos encuentren algún beneficio en seguir alimentando la misma máquina. Por eso decirle simplemente al ciudadano "no crea en las noticias falsas" es insuficiente. Es casi una crueldad pedirle a una persona que trabaja todo el día, que está preocupada por su familia, por la delincuencia, por el empleo o por llegar a fin de mes, que además se convierta en investigador profesional de cada video que recibe en WhatsApp.
Pero tampoco podemos aceptar la otra posición: "como es difícil, no podemos hacer nada". Sí podemos. Y aquí empieza el trabajo de quienes leen estas columnas. La próxima vez que reciba una noticia que confirma exactamente aquello que usted piensa, no la comparta inmediatamente. Deténgase. Pregunte quién la publicó. Busque la fuente original. Averigüe si existe un documento. Busque otra versión. Pregunte qué dato falta. Y, sobre todo, pregunte algo que puede resultar incómodo: ¿quién gana si yo comparto esto?
Si una autoridad entrega una cifra, no se quede con la cifra. Busque de dónde salió. Si un medio asegura que ocurrió algo, busque el hecho original. Si alguien dice que una ley establece determinada cosa, busque la ley. Si alguien habla de un contrato, busque el contrato.
Si alguien asegura que una institución tomó una decisión, busque la resolución. Si alguien afirma que el Estado entregó dinero a un medio, busque el registro correspondiente. Eso es fiscalización ciudadana. Y aquí quiero ser particularmente claro: no necesitamos que todos se conviertan en abogados, periodistas o economistas. Necesitamos ciudadanos que desarrollen una costumbre mucho más sencilla y mucho más peligrosa para cualquier poder que pretenda manipularlos: no aceptar una afirmación sin preguntar por el antecedente que la sostiene.
La desinformación odia los documentos. Porque el documento obliga a precisar. Obliga a poner fechas. Obliga a identificar responsables. Obliga a comparar. Obliga a descubrir cuando una afirmación no se sostiene. Y cuando una comunidad aprende a trabajar de esa manera, comienza a ocurrir algo extraordinariamente importante: deja de ser audiencia y comienza a convertirse en poder ciudadano.
Aquí también debemos recuperar el territorio. Una sociedad encerrada en sus teléfonos es mucho más fácil de fragmentar. El algoritmo puede convertir al vecino en enemigo, al adversario político en amenaza y a cualquier diferencia en una guerra. Por eso necesitamos volver a conversar cara a cara. En las juntas de vecinos, sindicatos, organizaciones sociales, centros culturales, universidades, barrios y lugares de trabajo. No porque el pasado fuera mejor. Porque una comunidad organizada es más difícil de manipular que una multitud aislada.
Y aquí está probablemente la mayor dificultad que tenemos por delante. Nosotros no podemos competir con una fábrica de bots produciendo millones de mensajes. Tampoco podemos competir con la velocidad del algoritmo ni con la capacidad de los grandes medios para instalar una agenda. Pero tampoco tenemos que hacerlo. Ellos necesitan ciudadanos que reaccionen. Nosotros necesitamos ciudadanos que aprendan. Ellos necesitan velocidad. Nosotros necesitamos método. Ellos necesitan que usted comparta antes de pensar. Nosotros necesitamos que usted piense antes de compartir.
La diferencia parece pequeña. En realidad, es enorme. Por eso, desde ahora, estas columnas no deberían ser solamente textos para leer. Quiero que sean instrumentos para trabajar. Si aquí denunciamos una concentración de medios, alguien tiene que buscar quiénes son los propietarios. Si hablamos de publicidad estatal, alguien tiene que buscar los registros. Si hablamos de una afirmación de una autoridad, alguien tiene que encontrar el documento que la respalda. Si denunciamos una decisión pública, alguien tiene que buscar la resolución, el contrato, el informe o la ley.
Y cuando encontremos algo, no debemos quedarnos con el "yo sabía que era así". Hay que documentarlo. Hay que guardarlo. Hay que compararlo. Hay que compartirlo. Y hay que enseñarle a otro a hacer lo mismo. Eso cambia completamente la relación entre quien escribe y quien lee. Yo no quiero lectores que crean ciegamente en lo que escribo. Quiero ciudadanos capaces de preguntarme a mí también: "¿Dónde está el documento?"
Porque si pretendemos combatir la manipulación, no podemos pedir confianza ciega en nuestro propio relato. Tenemos que construir algo mucho más poderoso: una cultura donde nadie tenga el monopolio de la verdad y donde toda afirmación importante pueda ser examinada. Ese es el verdadero antídoto. No la censura. No la propaganda de signo contrario. No otra fábrica de mentiras para combatir la primera. Pensamiento crítico, organización y fiscalización ciudadana.
El trabajo es cuesta arriba. No tengo ninguna intención de esconderlo. Tenemos delante redes sociales con algoritmos diseñados para capturar nuestra atención, grandes medios con enorme capacidad de amplificación, concentración económica, ciudadanos agotados y una política que muchas veces prefiere la reacción inmediata antes que la explicación. Pero precisamente por eso tenemos que cambiar nuestra estrategia. No podemos aspirar a que millones de personas nos lean. Tenemos que conseguir que quienes nos leen hagan algo. Que uno investigue. Que otro consiga un documento. Que otro descubra una contradicción. Que otro haga una pregunta. Que otro enseñe a su vecino. Que diez personas aprendan un método que antes desconocían. Y que esas diez personas se conviertan en cien.
Porque una ciudadanía organizada no necesita tener más bots que el adversario. Necesita tener más ciudadanos capaces de pensar. La fábrica de la desinformación puede producir miles de mentiras por minuto. Nosotros tenemos que construir algo mucho más lento, pero infinitamente más resistente: una ciudadanía que ya no se deja conducir de la nariz. Por eso, la próxima vez que lea aquí una denuncia, una afirmación o una sospecha, no me crea simplemente. Investíguela. Y si encuentra que estoy equivocado, dígamelo con antecedentes. Si encuentra que tengo razón, consiga el documento o pídamelo. Si descubre algo que nosotros no vimos, compártalo. Y si la información sirve para que otros ciudadanos comprendan mejor lo que está ocurriendo, enséñesela. Porque desde ahora la pregunta ya no será solamente qué pensamos.
La pregunta será mucho más exigente: ¿Qué estamos haciendo con aquello que sabemos?
Jorge Bustos
Defendamos la Ciudad / Región Valparaíso
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