Antes de compartir este texto, una aclaración.
Durante la presentación del libro preparé una intervención escrita, pero al momento de comenzar el archivo no abrió y tuve que improvisar. Varios asistentes me pidieron luego el discurso que había preparado.
Aquí les comparto, íntegramente, el texto que no pude leer esa noche.
Hermanos, hermanas, compañeras, compañeros:
Quiero comenzar agradeciendo sinceramente a la Casa Memoria de Valparaíso por haberme invitado a participar en la presentación de este libro y por compartir esta mesa con Mabel Zúñiga, cuya trayectoria en la defensa de la memoria, la educación y la organización social es ampliamente conocida.
Confieso que recibí esta invitación con una mezcla de sorpresa, gratitud y responsabilidad. Hace muchos años dejé de militar en el Partido Comunista. Sin embargo, nunca he dejado de sentir que una parte importante de mi historia personal y de la historia de mi generación está inevitablemente ligada a los acontecimientos que este libro recoge. Quizás por eso acepté. No para hacer una presentación complaciente, ni tampoco un ajuste de cuentas con el pasado. Vine porque creo que los libros tienen sentido cuando son capaces de abrir conversaciones que todavía no terminan.
Y este es uno de esos libros.
Combatientes Comunistas contra la Dictadura no es solamente un conjunto de testimonios. Es, sobre todo, un espacio donde vuelven a encontrarse personas que vivieron una época excepcional de la historia de Chile. Aquí no habla una sola voz. Hablan muchas. Algunas coinciden, otras discrepan. Algunas transmiten orgullo; otras dejan ver dudas, dolores o preguntas que siguen abiertas. Precisamente por eso esta obra me parece valiosa: porque no intenta fabricar una memoria uniforme. Permite que la memoria se exprese con toda su complejidad.
Al recorrer estas páginas uno descubre que detrás de las siglas, de las operaciones, de las estructuras clandestinas y de las decisiones políticas, existían seres humanos. Hombres y mujeres con convicciones profundas, pero también con temores, contradicciones, esperanzas y errores. Esa dimensión humana es, a mi juicio, uno de los mayores méritos del libro. Nos recuerda que la historia nunca la escriben personajes de bronce. La escriben personas de carne y hueso.
Algunas de las reflexiones contenidas en estas páginas me representan profundamente. Otras no. Y eso es perfectamente natural. Ninguna experiencia histórica de esta magnitud puede ser leída desde una sola perspectiva. Sin embargo, hay algo sobre lo cual no tengo dudas. Todos quienes enfrentaron la dictadura, arriesgaron su libertad, soportaron la cárcel, la tortura, el exilio o incluso entregaron su vida por sus convicciones, merecen nuestro respeto.
Vivimos tiempos en que pareciera imponerse la necesidad de dividir permanentemente la historia entre buenos absolutos y malos absolutos. Yo no comparto esa forma de mirar nuestro pasado. Creo que la historia es siempre más compleja. Y también creo que quienes lucharon por un mismo ideal, aunque hayan discrepado entre sí, forman parte de una misma memoria colectiva. Esa convicción me acompaña desde hace muchos años y sigue intacta.
Entonces surge una pregunta inevitable. ¿Para qué sirve leer un libro como este, hoy?
No sirve únicamente para rendir homenaje a quienes resistieron la dictadura. Tampoco sirve para alimentar nostalgias. Mucho menos para congelar una época dentro de una vitrina.
Sirve, sobre todo, para comprender el enorme cambio de tiempo que estamos viviendo.
Quienes pertenecemos a aquella generación crecimos en un mundo muy distinto del actual. La política ocupaba el centro de la vida pública. Los sindicatos, las federaciones estudiantiles, las juntas de vecinos y las organizaciones populares eran espacios cotidianos de formación, de debate y de participación. Hoy habitamos una sociedad profundamente transformada por el neoliberalismo, por la globalización y por una revolución tecnológica que ha cambiado nuestra forma de trabajar, de informarnos, de relacionarnos e incluso de pensar.
La velocidad reemplazó muchas veces a la reflexión. Las redes sociales sustituyeron buena parte de la conversación política. El algoritmo compite con la escuela, con la familia y con las organizaciones sociales en la formación de opinión. Vivimos conectados permanentemente y, sin embargo, muchas veces más aislados que nunca.
Ese cambio de época obliga a leer este libro desde una perspectiva distinta. No como un documento encerrado en el pasado, sino como una invitación a preguntarnos qué lecciones siguen teniendo vigencia y cuáles pertenecen definitivamente a otra etapa de nuestra historia.
Porque si algo nos enseña la historia es que ninguna generación tiene el privilegio de luchar con las mismas herramientas de la generación anterior. Cada tiempo construye sus propios desafíos y exige nuevas formas de comprender la realidad.
Si este libro tuviera únicamente el valor de conservar la memoria de quienes combatieron la dictadura, ya sería una obra importante. Pero creo que ofrece algo aún más valioso: nos obliga a mirarnos críticamente. Y eso no siempre resulta cómodo.
Durante mucho tiempo, en la izquierda chilena, confundimos el respeto por nuestra historia con la imposibilidad de examinarla. Como si analizar nuestros aciertos y nuestros errores significara traicionar a quienes entregaron tanto. Yo pienso exactamente lo contrario.
Las derrotas también tienen derecho a ser estudiadas. No para repartir culpas, sino para comprender. Porque una derrota que no se estudia termina convirtiéndose únicamente en un recuerdo. Y los recuerdos, por sí solos, no construyen futuro.
Al recorrer estos relatos aparece una idea que atraviesa muchas de sus páginas. Conocimos mucho de la táctica, pero construimos muy poca estrategia. Los árboles muchas veces no nos dejaron ver el bosque.
Nos preparamos para enfrentar desafíos enormes. Se formaron cuadros políticos y militares. Se construyeron estructuras clandestinas. Se desarrollaron operaciones de gran complejidad. Existió una voluntad extraordinaria de combatir a la dictadura. Todo eso forma parte de una historia que nadie puede negar. Pero al mismo tiempo surge una pregunta que el propio libro deja instalada.
¿Existía una estrategia política suficientemente elaborada para el día después?
¿Existía un proyecto capaz de conducir aquella acumulación de fuerzas hacia un nuevo escenario político? No son preguntas menores. Son preguntas indispensables.
Porque muchas veces la enorme capacidad táctica terminó ocultando nuestras debilidades estratégicas. Algunos entrevistados recuerdan que fueron enviados a escuelas militares, donde se les preparó para asumir responsabilidades mayores en un eventual proceso revolucionario. Otros sostienen que la Política de Rebelión Popular de Masas tenía un objetivo mucho más acotado: crear las condiciones para terminar con la dictadura.
Esas diferencias, que durante años permanecieron casi ocultas, hoy aparecen con naturalidad en estas páginas. Y eso enriquece el libro. Porque la historia deja de ser un relato único y comienza a transformarse en una conversación de todos. También aparece otro tema que me parece imposible ignorar.
La relación entre la dirección política y quienes asumían las tareas operativas. Uno de los entrevistados recuerda las palabras de Luis Corvalán cuando reconocía que la dirección política carecía de conocimientos militares suficientes para conducir un proceso de esa naturaleza. Es una afirmación dura. Pero precisamente por ser dura merece ser pensada.
No para buscar responsables individuales. Sino para comprender que ninguna organización puede conducir procesos complejos si existe una distancia demasiado grande entre quienes toman las decisiones y quienes deben ejecutarlas. Sin embargo, creo que hoy, cuarenta años después, podemos agregar otra reflexión que probablemente entonces era imposible formular.
No basta con estudiar las carencias del pasado. También debemos preguntarnos si estamos comprendiendo adecuadamente el presente. El mundo en que se desarrolló la resistencia contra la dictadura ya no existe.
Han cambiado las tecnologías. Han cambiado las formas de comunicación. Han cambiado los mecanismos mediante los cuales los Estados ejercen poder. Han cambiado incluso las formas en que se construye la opinión pública.
Hoy la inteligencia artificial, el análisis masivo de datos, la ciberseguridad, los sistemas autónomos y las nuevas tecnologías están modificando profundamente la manera en que se disputa la influencia política, económica y cultural en el mundo.
Eso no significa que la historia haya perdido importancia. Significa exactamente lo contrario.
Significa que la memoria, por sí sola, ya no basta. Cada generación tiene el deber de estudiar su propio tiempo. No para renunciar a sus principios. Sino para impedir que esos principios terminen utilizando herramientas que pertenecen a otra época. Creo que esa es una de las grandes lecciones que deja este libro.
La historia nunca permanece inmóvil. Los conflictos cambian. Las sociedades cambian. El conocimiento cambia.
Y las organizaciones que dejan de estudiar esos cambios terminan hablando un lenguaje que el mundo ya dejó atrás. La memoria conserva la experiencia. Pero el estudio permanente permite comprender el presente. Y solo cuando ambas dimensiones caminan juntas es posible imaginar el futuro.
Hay un momento del libro que me produjo una profunda tristeza. No por lo que cuenta. Sino por lo que obliga a pensar. Muchos de quienes entregan aquí su testimonio recuerdan los enormes esfuerzos realizados durante aquellos años. Llegaron recursos desde el exterior. Se prepararon cuadros políticos y militares. Se organizaron redes clandestinas. Miles de hombres y mujeres estuvieron dispuestos a sacrificar su juventud, su libertad e incluso su vida. Y, sin embargo, el objetivo político que se buscaba no se alcanzó.
Reconocer ese hecho no disminuye el heroísmo de quienes lucharon. Al contrario. Lo engrandece. Porque solo los pueblos que son capaces de mirar de frente sus derrotas pueden aprender de ellas. Con el paso del tiempo muchas veces hemos terminado reuniéndonos para recordar operaciones, compañeros caídos o episodios heroicos. Es comprensible. La memoria necesita esos espacios. Pero una memoria que solo celebra termina convirtiéndose en un refugio. Y la memoria no nació para refugiarnos del presente. Nació para ayudarnos a comprenderlo.
Si ayer existió un vacío histórico que permitió el golpe de Estado, hoy me pregunto si no enfrentamos un vacío distinto. Un vacío político. Un vacío estratégico. Un vacío de pensamiento. Durante décadas discutimos cómo enfrentar la dictadura. Quizás hoy deberíamos discutir con la misma profundidad cómo enfrentar las nuevas formas de concentración del poder económico, tecnológico y cultural. Esa discusión todavía está pendiente. También me surge otra pregunta. ¿Qué ocurrió con toda aquella experiencia acumulada?
¿Qué pasó con quienes recibieron una formación política, organizativa y estratégica que costó enormes sacrificios humanos y materiales?
Los cuadros de las Fuerzas Armadas de cualquier país, cuando pasan a retiro, continúan escribiendo, enseñando, investigando y reflexionando sobre los conflictos de su tiempo. ¿Hemos hecho nosotros algo parecido? ¿Hemos sido capaces de transformar nuestra experiencia en conocimiento útil para las nuevas generaciones?
No lo pregunto como una crítica. Lo pregunto porque creo que esa también es una responsabilidad histórica. La experiencia que no se transmite termina desapareciendo. Y una sociedad que pierde su experiencia está condenada a comenzar siempre desde cero.
Por eso valoro este libro. Porque rompe ese silencio. Porque rescata voces que durante mucho tiempo permanecieron dispersas. Porque permite que nuevas generaciones conozcan una parte de la historia de Chile que difícilmente encontrarán en un manual escolar.
Y también porque nos recuerda algo esencial. Que ninguna organización política puede reemplazar al pueblo. Que ningún proyecto transformador puede sostenerse únicamente sobre estructuras. Y que ninguna estrategia tiene futuro si deja de escuchar a la sociedad que dice representar. No es casualidad que estemos presentando este libro aquí, en Valparaíso. Esta ciudad conoció la clandestinidad. Conoció la solidaridad silenciosa. Conoció el miedo. Conoció la organización popular. Pero, sobre todo, conoció a cientos de hombres y mujeres anónimos que nunca ocuparon cargos de dirección, nunca escribieron libros y jamás recibirán una medalla. Sin ellos, la resistencia simplemente no habría existido.
Ellos también habitan estas páginas. Aunque muchas veces no aparezcan nombrados. Finalmente, quisiera decir algo a quienes pertenecen a generaciones más jóvenes. No lean este libro buscando respuestas definitivas. Léanlo buscando preguntas. Pregúntense qué habrían hecho ustedes en aquellas circunstancias. Pregúntense qué errores no volverían a cometer. Y, sobre todo, pregúntense cuáles son hoy los desafíos de su propia generación.
Porque ninguna generación puede vivir de prestado sobre las respuestas construidas por la anterior. Cada tiempo tiene sus propias preguntas. Y tiene también la obligación de construir sus propias respuestas. Creo que ese es el mayor mérito de este libro. No intenta decirnos qué pensar. Nos obliga a pensar.
Y si al cerrar la última página salimos con más preguntas que certezas, entonces Carlos Gutiérrez habrá logrado algo que muy pocos autores consiguen.
Habrá convertido la memoria en una conversación viva.
Muchas gracias.
Es un texto muy interesante…
Es un texto muy interesante y recoge el sentido de la puesta en valor de una forma de lucha que fue determinante para la salida de Pinochet y ha sido, por lo mismo invisibilizada. Sin embargo, yo escuché tu improvisación y fue tanto o más interesante porque sin esquivar los temas tuvo la gracia de lo espontáneo, del diálogo cercano e interactivo del que habla desde la experiencia , y de ese estilo particularmente entretenido de tus intervenciones, un abrazo
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