En algún momento de mi juventud, cuando el partido en el que militaba me dio la tarea y también la oportunidad de salir a aprender cómo enfrentar la dictadura de la derecha y la injerencia de Estados Unidos en mi país, no tuve una formación sistemática en marxismo. No fui de los que pasaron por largos procesos académicos ni de estudio teórico ordenado.
Sin embargo, con el tiempo, se me abrió una puerta distinta: pude asistir a una escuela internacional de cuadros, en un período histórico muy particular, cuando ese socialismo existente comenzaba a derrumbarse bajo el proceso impulsado por Mikhail Gorbachev. Ahí aprendí algo. No todo, por supuesto, pero lo suficiente como para entender que el marxismo y también su desarrollo posterior no es un conjunto de frases hechas ni un adorno intelectual para diferenciarse del resto. Ese conocimiento no es un privilegio ni un capital simbólico para sentirse más culto. Si tiene algún sentido, es justamente el contrario.
Por eso, lo que sigue no pretende ser una clase ni una verdad definitiva. Es, más bien, un intento de ordenar ideas y abrir una discusión que hace falta. No solo entre quienes se consideran expertos, sino también y sobre todo donde este debate debe existir: en el mundo del trabajo.
Porque el marxismo, si tiene algún valor, no es para las élites ni para círculos cerrados. Es para quienes viven de vender su fuerza de trabajo, sea manual o intelectual. Es decir, para el proletariado en el sentido más amplio y actual del término.
Desde ese lugar, propongo esta reflexión.
En la izquierda latinoamericana se ha vuelto común mirar a China como una referencia. Se habla de socialismo, de planificación, de Estado fuerte. Pero pocas veces se hace la pregunta clave: ¿estamos hablando del mismo marxismo? Porque no todo lo que se nombra como marxista lo es en su sentido original. Y esa confusión no es inocente: tiene consecuencias políticas concretas.
Partamos por el origen: Karl Marx no escribió un manual de gobierno. Escribió una crítica radical al capitalismo. Su idea central sigue siendo vigente, pero muchas veces olvidada en su profundidad: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”.
Para Marx, el conflicto no es un problema a evitar, sino el motor del cambio. Y más aún, el horizonte final no es un Estado fuerte, sino todo lo contrario: “El Estado no es más que una máquina de opresión de una clase sobre otra”.
Es decir, el objetivo del marxismo no es perfeccionar el Estado, sino superarlo.
Con Vladimir Lenin aparece el primer gran giro. En un contexto donde la clase trabajadora no tenía la fuerza suficiente, propone el partido de vanguardia: “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”.
Pero también establece una práctica que marcará todo el siglo XX: el partido toma el poder en nombre del pueblo. La llamada “dictadura del proletariado” se traduce en un Estado fuerte, centralizado. Aquí surge una tensión que sigue vigente: ¿el partido representa al pueblo… o lo reemplaza?
Mao Zedong intenta enfrentar esa contradicción. Desde una realidad campesina, insiste en que la revolución no puede congelarse en el Estado: “La revolución no es una cena elegante”.
Para Mao, el conflicto sigue siendo necesario incluso después de tomar el poder. De ahí su advertencia sobre la burocracia: el riesgo de que el propio partido se transforme en una nueva élite. Hasta aquí, con todas sus diferencias, hay un hilo común: el conflicto social, la transformación y la desconfianza hacia el poder establecido.
Con Xi Jinping ese ciclo se cierra. Su discurso habla de continuidad, pero su práctica muestra otra cosa. Bajo la idea de “socialismo con características chinas”, el foco ya no está en la lucha de clases, sino en la estabilidad.
“El gobierno, el ejército, la sociedad y las escuelas, el Partido lo dirige todo”. Esta definición marca un cambio profundo: el Partido deja de ser un instrumento transitorio y pasa a ser el eje permanente del sistema.
En este modelo: El Estado no desaparece, se fortalece. El mercado no se elimina, se integra. El conflicto social no se impulsa, se contiene. Y el pueblo deja de ser sujeto activo de transformación para convertirse en base de legitimidad.
Pero hay algo más. China hoy no exporta revolución. Exporta inversión, infraestructura y control estratégico, todo bajo dirección política centralizada. No llega con discursos ideológicos: llega con puertos, concesiones y cadenas logísticas.
Esto obliga a hacer una distinción que en la izquierda muchas veces se evita: No toda disputa contra Estados Unidos es automáticamente emancipadora. Ni toda potencia emergente representa un proyecto liberador
Porque cuando el control de territorios estratégicos pasa a manos de grandes intereses transnacionales, el problema no es solo quién invierte. El problema es quién decide.
Y si esa decisión no está en manos del pueblo organizado, sino de Estados o corporaciones sean del norte o del oriente, entonces lo que cambia no es la lógica de fondo.
Cambia el administrador. Y esto importa y mucho en América Latina.
En una región marcada por la desigualdad, la dependencia y la debilidad institucional, confundir desarrollo con emancipación es un error grave. Crecer no es lo mismo que transformar. Tener un Estado fuerte no es lo mismo que tener poder popular.
El riesgo es claro: terminar defendiendo modelos donde el pueblo no necesita organizarse, ni movilizarse, ni disputar poder real. En nombre de la estabilidad.
Por eso la discusión no es China sí o China no. La discusión es más profunda: qué entendemos por transformación social. Y esta discusión deja de ser teórica cuando baja al territorio.
En ciudades portuarias como Valparaíso, esto se vuelve evidente: quién controla el borde costero, quién define el destino de los puertos, quién toma las decisiones estratégicas sobre espacios que son clave para el desarrollo del país. Ahí es donde los grandes discursos se enfrentan con la realidad.
Porque cuando esos espacios quedan bajo control de intereses externos sean del norte o del oriente, la pregunta vuelve a ser la misma: ¿dónde está el poder real?
Y si ese poder no está en manos del pueblo organizado, entonces no estamos frente a un proceso de emancipación. Estamos frente a una nueva forma de dependencia.
Porque si dejamos de lado el conflicto, la organización y el protagonismo popular, podemos seguir usando palabras como “socialismo” o “marxismo”, incluso leninismo.
“Pero ya no estaremos hablando de emancipación. Estaremos hablando, simplemente, de administración del mismo orden.”
Jorge Bustos
Eso del pueblo organizado…
Eso del pueblo organizado como poder como se puede entender? Cómo visualizarlo? Q todo el pueblo gobierne, q este presente en todas partes: salud, educación, transporte, construcción, producción, etc., a cargo de ellas?
Añadir nuevo comentario